LA GUERRA DE TAMARIAM (V)

Sobre el cartel de madera figuraba la imagen de un caballo de guerra que recordaba a los utilizados en las justas. Encima de esta, unas letras rojas donde rezaba “El Caballo Guerrero”. No había duda de que se trataba de una posada. 

—Dormiremos aquí, joven.

—No tengo dinero para pagar…

—No es necesario, —interrumpió —al menos me llega lo que tengo para esto y algo más. No está de más que gocemos de una comida caliente y una buena cama antes de continuar nuestro viaje. Pero debemos ser precavidos, Jhensen. Intenta hablar lo mínimo posible y, de hacerlo, que sea susurrando.

—No te preocupes, así lo haré.

Al entrar descubrieron una posada bastante grande. Aquel local era frecuentado a menudo por diversos trabajadores que iban allí a desconectar, así como guerreros y mercenarios que deseaban gastar su pequeña fortuna bebiendo cerveza y vino.

—Cenaremos los dos. Deseamos también dormir en la misma habitación.

El posadero los miró de soslayo, como a todo aquel que fuera desconocido para él. Ambos se dirigieron a una de las mesas más apartadas de aquel enorme salón para gozar de mayor tranquilidad pues en las mesas centrales los bardos tocaban instrumentos y cantaban a cambio de unas monedas. Nargol se quitó su capucha para no levantar sospechas. Al sentarse notó un fuerte alivio pues, a pesar de tratarse de una incómoda silla de madera, aquello era mejor que la fría nieve o las lisas piedras donde habían tenido que descansar a lo largo del camino.

—Estáis de suerte, —decía la camarera —hoy tenemos estofado de grajauli. —Depositó un plato para cada uno, un gran trozo de pan y un enorme cuenco en el centro de la mesa.

El estofado de grajauli era considerado un manjar en la zona. Aquellos animales eran difíciles de cazar, pues eran aún más rápidos que los jabalíes y más peligrosos. Aunque su apariencia era bastante similar, su principal diferencia radicaba en que poseían cuatro enormes colmillos inferiores y un pelaje mucho más grueso y denso. Eso también lo hacía difícil de cocinar.

—No os había visto antes por aquí y suelo tener buena memoria. —La camarera cogió de su bandeja dos copas y una jarra de vino que puso convenientemente en la mesa.

—Venimos de Sierra Ventisca, más allá de Asheanville. —Contestó el anciano sin dirigir su mirada.

—Yo nací allí. Pero mis padres me trajeron cuando me convertí en una adolescente con ganas de convertirme en alquimista. Lástima que no lo consiguiera. —Dijo mientras permanecía allí esperando una respuesta.

—¿Qué fue lo que te lo impidió? —Nargol se vio obligado a preguntar.

—La fiebre azul. Mis padres enfermaron y las plantas curativas capaces de frenar esa enfermedad eran demasiado caras. Tuve que ponerme a trabajar joven para cuidar de ellos.

La fiebre azul era considerada una condena en vida. Si no se trataba era mortal, pero las plantas curativas únicamente conseguían contener la enfermedad. Si dejaban de tomarlas con asiduidad perecerían.

—¿Siguen vivos tus padres? —El interés del anciano no se incrementaba.

—No. Hubo escasez de plantas y cada vez se vendían más caras. Por más que trabajaba no podía competir contra la clase pudiente. Debo dar gracias de que yo no me contagiara.

Aquella enfermedad había acabado con la mitad de la población hasta que esta se erradicó. No por medicinas, sino porque había una probabilidad de una entre dos de quedar contagiado. Todos los que podían infectarse lo hicieron y, con el tiempo, perecieron. De modo que con el tiempo desapareció.

—Lo lamento, joven. 

—¿Nos hemos visto antes? —Preguntó mientras lo miraba a los ojos.

—No lo creo. Llevo muchos años sin bajar a la ciudad.

La camarera no habló más y se marchó rápidamente al oír el grito del posadero que la reclamaba. Al hacerlo, ambos cogieron un trozo de pan y se sirvieron estofado del cuenco central para empezar a comer. Jhensen no probó el vino, prefirió probar agua, aunque en Garjul era bastante común que los niños lo bebieran.

—No mires a nadie fijamente. —Susurró el anciano. —No deseamos compañía ni que ningún borracho se nos acerque con ganas de pelea. Teniendo en cuenta que tú eres un niño y yo un anciano, somos un objetivo fácil para quien desea buscar problemas.

El joven asintió sin decir nada. Podía más su apetito que su curiosidad. De repente alguien entró en la posada que llamó la atención de todos los que se encontraban allí. Los bardos dejaron de tocar y cantar, el sonido de las conversaciones cesó dando paso al silencio y al lejano ruido de la cocina. El hombre que entró tenía una capucha que casi tapaba su rostro, sus ropajes negros recordaban a los cazarecompensas de Garjul y su barba era lo único visible que llamaba la atención. Su mediana edad descubría a un joven esbelto y ágil, no era un guerrero pero si alguien que podía fundirse con la oscuridad. Tras atraer las miradas de todos durante unos instantes, todo volvió a la normalidad. Continuó con su capucha puesta y fue en dirección a la barra.

—Cerveza, posadero. —Dijo en un tono casi inaudible para el resto salvo para su interlocutor.

El hombro gordo y calvo que regentaba el negocio lo miró de soslayo, justo como lo había hecho anteriormente con Nargol y Jhensen. 

—Dos monedas de cobre. —Decía con desdén, pues no se fiaba de quien tenía en frente.

—Toma, buen hombre. —Decía mientras soltaba con un chasquido una moneda de oro. —Busco nuevas sobre personas que no frecuentan estas tierras. Personas atípicas, ¿un anciano y un niño, por ejemplo? —Susurró.

—Por aquí viene mucha gente y no suelo fijarme en objetivos de cazarecompensas. —Sus ojos entrecerrados mostraban una actitud bastante desconfiada.

—Nadie va a morir en tu posada hoy, tabernero. No al menos manchando mis manos.

—Entonces es posible que busquéis a alguien que utiliza las zonas más oscuras de mi local para pasar desapercibido. —Decía mientras cogía la moneda.

—Gracias. Quédate con el cambio.

Bebió de un trago la cerveza y se dio la vuelta en su taburete para poder tener una mayor perspectiva de todo el local. Finalmente los encontró, al fondo a la derecha, en una esquina del enorme salón. Bebió de un trago su cerveza y se dirigió a la salida haciendo un giro inesperado en el último momento para acercarse a la mesa en la que se encontraban el anciano y el niño. 

—Pensáis que las conciencias no tienen memoria, que los ojos no recuerdan y que la magia es leyenda. Ignoráis que vuestra capucha no oculta vuestro rostro a las miradas de quiénes no han cesado de buscaros, pero os equivocáis. Vuestra misión, aunque desconocida para todos, se supone bondadosa, pero vuestra presencia puede acarrear mayor problema que el que deseáis evitar, al menos si os capturan. Solo os diré que espero que seáis lo suficientemente bueno y sensato como para no ser capturado, o desequilibraréis la balanza de por vida condenando, no solo a los habitantes de Garjul, sino a los de toda Tamariam. Si dudáis de vuestro éxito marchaos y escondeos en La Arboleda, ahora que todavía estáis a tiempo.

Todo fue un susurro que no dio tiempo a Nargol a contestar, pues no se esperaba aquella inesperada visita. Quiso decir algo, pero aquella extraña persona casi desapareció en un parpadeo. El corazón del anciano palpitaba con fuerza pues por primera vez en mucho tiempo no sabía qué debía hacer.

Anuncios

Información sobre “Los Mundos de Dalia: La Instrucción”

¿Reservaste tu ejemplar de “Los Mundos de Dalia: La Instrucción”? Ya falta poco para que lo recibas en tu domicilio pero si cambiaste de dirección debes comunicarlo lo antes posible.

Si es tu caso mándame un mensaje privado con tu nueva dirección o contacta directamente con la Editorial Tandaia.

¡Nos vemos en #losmundosdedalia!

La Guerra de Tamariam (IV)

A pesar del carácter tan urgente que tenía su nueva e imprevista misión, Nargol pasó unos días enseñando a Jhensen como utilizar la magia, al menos de la manera más básica.

—Jhensen, ¿ves esa roca? —Decía mientras señalaba con el dedo. —Intenta, con lo que te he enseñado, canalizar tu magia.

El joven se concentró, agarró la roca con su mano derecha y comenzó a apretar sus dientes. Pero por más que se concentraba no ocurría nada.

—No, hijo. No se trata de eso. No tienes que apretar ni intentar generar fuerza. Piensa en los niños que te atacaron, el miedo que sentiste cuando te empujaron. Lo que pensabas que te harían si no te defendías…

No hacía falta que el anciano continuase hablando. Jhensen sintió miedo e impotencia por unos instantes, lo necesario para poder despedir la magia de su interior. Tampoco continuó agarrando fuertemente la pequeña piedra, simplemente la depositó en su bolsillo, la acarició levemente, sus pupilas se pusieron de color azul brillante y extendió sus manos contra la roca que se encontraba situada a pocos metros de él. De sus manos salió una saeta de hielo que golpeó duramente la piedra, la resquebrajó y la congeló.

—¡Estupendo, hijo! ¿Ves de lo que eres capaz? Estás aprendiendo a utilizar la magia para defenderte. Es fabuloso. —La expresión de felicidad de Nargol era más que evidente.

—No lo entiendo. —Jhensen se miraba las manos extrañado. —¿Por qué cuando me atacaron mi magia eran rayos como los de la tormenta y ahora es hielo?

—Me temo que solo tú lo puedes averiguar. Cuando aprendas a dominarla podrás utilizarla como mejor estimes oportuno.

El joven asintió.

—Pero recuerda una cosa, hijo. —Decía mientras se agachaba para estar a su altura. —Nunca utilices tu magia para someter a nadie ni para hacer el mal. Sé merecedor del don que se te ha otorgado.

—¿Has conocido a alguien como yo en alguna ocasión?

—Sí, y hasta donde sé siempre utilizó su magia para hacer el bien y entregarse a los demás.

—Y, ¿qué ocurrió? ¿Por qué no está aquí contigo? —Preguntó intrigado mientras se retiraba el flequillo de la cara.

—Algún día te lo contaré. —El tono del anciano cambió por completo mientras se incorporaba nuevamente. —Ahora debemos partir y cumplir con nuestro cometido si no queremos que se pierdan vidas inocentes.

—¿Por qué no nos limitamos a vivir aquí? Si es cierto todo lo que dices, nuestra vida corre peligro.

—Pues la respuesta es sencilla, joven Jhensen. No sería justo para el resto de Tamariam que quienes pueden protegerlos se limiten a observar como son aniquilados. Si el reino de Farandeer posee algún ser mágico con ellos, es posible que la guerra sea inevitable. Pero al menos haremos todo lo que esté en nuestra mano para evitarla. ¿Te quieres unir a mí? —Extendió la mano para que él decidiera si tomarla o no.

—Por supuesto, Nargol. —El anciano sonrió aliviado.

La ciudad de Garjul se encontraba a varios días de allí. Tomaron el camino de la arboleda hasta llegar a sus fronteras donde el frío y la nieve se habían apoderado de cualquier camino visible. Una pequeña estrella roja se alzaba en el firmamento proporcionando un leve calor que no conseguía acabar con el espesor de la nieve. Ninguno de los dos estaba acostumbrado a aquel clima, pero sabían que era mejor enfrentarse a él y evitar pensar en ello. El paso se volvió más lento y el relieve no acompañaba. Aunque Nargol había tomado aquel camino hacía algunas décadas, ya no recordaba lo duro que podía llegar a ser.

Tras pocos días recorriendo las Tierras Gélidas llegaron a Sierra Ventisca. Unas montañas que debían atravesar si querían continuar hasta los Campos de Garjul, el primero de sus destinos antes de continuar hacia el reino de Farandeer.

mountains-466223_1920

Las provisiones se empezaban a agotar y el frío era lo suficientemente insoportable como para minar la moral de ambos.

—Descansaremos aquí. —Nargol señalaba un saliente que podía actuar como refugio para los dos. Jhensen asintió sin ninguna objeción.

El anciano hizo un pequeño fuego, tras largos intentos, sobre él que se acurrucarían mientras comían algo. Ambos permanecían en silencio, meditando sobre el éxito de la misión sin decidir aportar nada a aquella situación. No tardaron mucho en caer rendidos ante el poco calor del fuego y las mantas con las que se tapaban que, convenientemente, había preparado Nargol para poder atravesar aquella situación. No recordaba el camino, pero sí las condiciones por las que tenía que atravesar.

Al día siguiente consiguieron abandonar Sierra Ventisca y el calor parecía hacerse presente entre ellos. La nieve iba dando paso a pequeños caminos de tierra y senderos que atravesaban pequeños bosques. Aquello indicaba que acababan de llegar a los Campos de Garjul.

—¿Qué haremos cuando lleguemos? —Su voz, por primera vez, mostraba optimismo.

—Lo primero que haremos será buscar una posada, joven amigo. Creo que tanto tú como yo necesitamos un baño, comida caliente y una cama en condiciones sobre la que reposar, ¿no crees? —Decía con alegría mientras Jhensen dibujaba una sonrisa en su rostro.

Pocas horas les distanciaban ya de la ciudad de Garjul. Llegaron a una colina donde se podía observar la prominente urbe. Grande y amurallada; despertó el mas grande de los intereses sobre el joven acompañante.

—¡Vaya! —Dijo sorprendido.

—Bienvenido a Garjul, pequeño. —Extendía sus brazos como si estuviera presentándosela.

Las murallas eran enormes y casi costaba alcanzar el final de la ciudad con la vista, pues su envergadura se extendía más allá del río que la cruzaba. Soldados en las almenas vigilaban cada punto de los límites de Garjul, un foso rodeaba la ciudad y, en cada saetera que podía vislumbrarse desde su posición, un soldado montaba guardia.

—Me temo que lo que dijo el explorador es cierto. Temen una invasión inminente. Solo espero que hayamos llegado a tiempo.

—¿Cómo lo sabes?

—Hay demasiados soldados preparados para el combate para tratarse de un lugar que no ha conocido asedio. ¿Ves aquello? —Decía señalando la entrada, —está lleno de guardias que vigilan cada mercancía que entra o sale de Garjul.

El joven observó cómo los soldados impedían el paso a cualquiera que deseara entrar en aquellos muros sin previo registro.

—Y, ¿cómo entraremos?

—Pues me temo que nuestra magia no es válida para estos menesteres. Mi sigilo no vale de nada si a cada centímetro hay un guardia vigilando. Intentar entrar a hurtadillas puede ser contraproducente. Me temo que tendremos que intentar entrar por la puerta.

—¿Cuál es el problema? No tenemos nada que esconder.

—Me temo, mi joven amigo, que corro el riesgo de que me reconozcan. Muchos años han pasado desde que me marché de esta ciudad.

—¿Viviste aquí? —El joven parecía intrigado.

—No es momento de responder preguntas. Sabrás todo a su debido tiempo. —Decía mientras acariciaba el pelo de su acompañante. —Venga, vamos antes de que se haga de noche. Es posible que entonces cierren las puertas y no dejen entrar a nadie.

Ambos se dirigieron a la entrada. Jhensen no ocultó su rostro pero Nargol se puso la enorme capucha sobre su cabeza para intentar ocultar su cara.

—¡Alto! —La voz grave y fuerte del guardia ordenó a ambos detenerse. —No os conocemos. ¿De dónde venís?

—Somos humildes moradores de un pequeño refugio situado en las montañas de Sierra Ventisca, señor. Venimos en busca de víveres. —Nargol se esforzaba en parecer un pobre anciano indefenso.

—Nunca os he visto por aquí. ¿Por qué?

—No solemos bajar a la ciudad. Normalmente nos las solemos arreglar en nuestras tierras y, si necesitamos algo, solemos ir al poblado de Asheanville, pero me temo que últimamente ellos se encuentran aún peor que nosotros.

—¿Y el niño? —Señaló al joven.

—¡Oh! Es un pobre niño huérfano. Sus padres lo abandonaron a los pies de la montaña, al borde del río. Yo me encontraba llenando mis cubos de agua cuando lo vi. No era más que un bebé. Desde entonces está conmigo.

—Si venís a por víveres, ¿dónde está vuestro carro? —El guardia entrecerró los ojos con desconfianza.

—Nuestro caballo se despeñó por la ladera a medio camino entre nuestra morada y Campos de Garjul. Volver podría haber supuesto la muerte de ambos, así que decidimos venir hasta aquí para comprar otro carro y otro caballo.

—Dudo que dispongáis de tanto dinero, teniendo en cuenta los tiempos que corren. —El soldado parecía más tranquilo.

—Puedo ofrecer mis servicios de escriba a cualquiera que lo solicite y pueda pagarlo. Además, tengo cierto conocimiento de la alquimia y sé desarrollar algunos fluidos que pueden ser de utilidad.

En ese instante un guardia se acercó al compañero que estaba realizando las preguntas. Susurró algo al oído del soldado y se marchó.

—De acuerdo, podéis pasar. Vamos a cerrar las puertas ya, y no quiero que pese sobre mi conciencia la muerte de un anciano y un crío. Pasad.

Ambos pasaron sin más dilación, pero algo perturbaba al anciano. Aún habiendo tenido éxito, sospechaba que la aceptación sin más formaba parte de algo que sin duda desconocía.

—Veo que no estás tranquilo, Nargol. ¿Por qué? Finalmente hemos podido pasar sin muchos problemas.

—Y eso es lo que me perturba, joven. El guardia nos ha dejado pasar sin más motivo que las contestaciones a sus preguntas. No ha exigido dinero ni saber dónde nos íbamos a hospedar. Me temo lo peor.

—¿Qué es lo peor que puede pasar?

—Que estuvieran esperándonos.

Imperfecta

no prometas un quizá....

Tal vez aceptar que soy imperfecta, que vengo de una familia imperfecta, ha sacado de mi la máxima expresión de amor a todos los seres del planeta… mi evolución va ligada a una dimensión de paradojas existenciales que instruyen mi sabiduría y elevan mis sentidos a una sublime esencia de realidad con matices de mensajes postrados en mi silla… la que me acompaña todas las noches cuando veo un cielo negro sin descuentos de estrellas.

DramaQueen

Ver la entrada original

LA GUERRA DE TAMARIAM (III)

—Rápido Jhensen, ayúdame a llevarlo dentro.

Entre los dos, y a duras penas, consiguieron llevarlo dentro. Al entrar, el joven quedó maravillado con la humilde morada de su anfitrión. Por dentro le recordaba a una de las cabañas que construía cuando era niño en compañía de su padre pero con un mayor tamaño y más cosas. Cortinas hechas con hojas caían del techo, las escaleras poseían una especie de moqueta tejida artesanalmente con pieles de animales. Una mesa de madera hecha a mano se encontraba cerca de una ventana improvisada a uno de los laterales. Aunque todavía no había subido al segundo o tercer piso, su mente pudo recrear lo que posiblemente se encontraría si subiera. Aquello le encantaba.

—Dejémoslo aquí. —Decía el anciano señalando un espacio en el suelo dentro del salón. 

Aunque poseyera tres pisos, las plantas eran muy pequeñas. Se encontraban en la sala de estar, probablemente la primera planta sería su habitación y la última un pequeño estudio. O al menos así deseaba imaginarlo.

—Voy a por una silla. Tendremos que atarlo para cuando despierte.

—¿Qué le has hecho?

—Solo está dormido, no te preocupes.

La tarea se volvió tediosa, pues el extraño inquilino pesaba más de lo previsto. Jhensen era demasiado pequeño como para ejercer suficiente fuerza sobre él y Nargol era un anciano al que le costaba coger a peso a aquel individuo. 

—Vale, lo dejaremos sentado aquí. Voy a atarle las manos, no me fío de él lo más mínimo.

—¿Qué hacen los exploradores? ¿Son peligrosos?

—Depende. Los exploradores se limitan únicamente a observar e informar dentro de sus cometidos. Pero los exploradores de Garjul son soldados de élite del gobernador. Su misión puede abarcar algo más que descubrir algo. Éste, por lo que se ve, tenía la misión de acabar con cualquier ser que se topara.

—¿Mágico? —Preguntó intrigado.

—Eso es lo que debemos averiguar. El hecho de que nos haya atacado a nosotros no creo que sea mera casualidad. 

—¿No puedes despertarlo?

—Sí, pero debo estar seguro de que está completamente inmovilizado. —Decía mientras volvía a apretar las cuerdas que ataban sus pies y manos. —Creo que ya está.

Con un gesto hizo que Jhensen se apartase a la par que recuperaba su bastón del suelo. Se concentró nuevamente, tornó sus ojos en blanco, y un leve humo del mismo color emanó de su vara penetrando por las fosas nasales del explorador. De repente, éste comenzó a toser fuertemente mientras se despertaba. Los ojos de Nargol volvieron a su estado inicial.

—¿Qué es esto? ¿Dónde estoy? —Gritó mientras intentaba desatarse en vano.

—Por qué has intentado asesinarnos, explorador.

—¡Desátame anciano! —Ordenó sin éxito.

—Dinos de dónde vienes.

—¡Jamás te lo diré! —Replicaba mientras continuaba en su intento por desatarse.

—Bien, entonces te dejaremos donde la guardia de Garjul pueda encontrarte. Con un poco de suerte te considerarán un desertor y morirás en la hoguera. —Replicaba el anciano con una sonrisa irónica.

—No tienes valor.

—Más que tú intentando atacar a un anciano y a un niño desprevenidos. Vamos Jhensen, prepararemos todo lo necesario para transportarlo hasta Garjul. No contaba con que supiéramos que viene de allí.

—¡Vale! De acuerdo, os diré lo que queráis saber, pero debéis dejarme marchar. —Nargol no se fiaba de sus palabras, pero era la única oportunidad de averiguar qué estaba pasando y cuáles eran los propósitos del gobernador.

—Tenía encomendada la misión de encontrar ayuda para combatir las legiones de Farandeer, el rey del este que acecha nuestra ciudad. Tenemos informes fehacientes de otros exploradores que sitúan sus tropas a pocos días de allí. Son suficientes como para asediar la ciudad…

—¡Mientes! —interrumpió. —Farandeer no tiene experiencia en combate. Es un reino de reciente creación y no posee tropas suficientes para asediar una ciudad como Garjul. Dinos cuál era tu propósito, explorador. —Decía mientras levantaba su báculo amenazante.

—¡Vale! ¡De acuerdo! Pero no me hagas daño. —Hizo una leve pausa. —Lo que te he contado de Farandeer no es mentira. No sabemos exactamente qué le ha movido a realizar esa maniobra, pero es cierto que se dirige a la ciudad. Mi misión era encontrar seres mágicos que nos ayuden en nuestra lucha.

—Una forma muy curiosa de pedir ayuda intentando matar a dos personas indefensas. Además, la magia no existe, son tan solo leyendas transmitidas por ancianos de hace siglos que utilizaban para amedrentar a las masas y que no se adentrarán en la arboleda por temor a emboscadas.

—Ja, ja. —Reía. —Sabes tan bien como yo que eso no es así. Hacía siglos que la magia no se manifestaba en nuestro humilde mundo. Las leyendas se contaban para que la arboleda no se convirtiera en lugar de culto para aquellos que buscaban objetos mágicos. Lo que no sabían en un principio era que solo los pueden manipular aquellos que poseen la magia en su interior.

—¿Qué pruebas tienes de eso? —Nargol parecía intrigado.

—En mi bolsillo. —Decía mientras inclinaba su pierna derecha para que el anciano sustrajera algo de él.

—Jhensen, cógelo. —Ordenó.

El joven alargó su brazo y cogió un pergamino enrollado. Se lo mostró a Nargol y éste le hizo un gesto para que lo leyera. La cara de Jhensen se puso amarilla, como si hubiera visto un fantasma.

—Solo pone tu nombre, Nargol. —El explorador sonrió.

—Allí saben tu historia, anciano. Por eso me han mandado a llevarte allí con vida. Las flechas que os lancé no os matarían.

Justo al confesar aquello, la piel del extraño invitado comenzó a oscurecerse y extenderse desde las manos hasta el resto del cuerpo.

—¡No! ¡No! ¡Esperad! ¡No he contado toda la verdad! ¡No he revelado mi propósito ni por el que fui enviado! —El rostro del explorador era de auténtico terror.

—¡Qué ocurre! —Aquel niño estaba impresionado por lo que estaba ocurriendo pues creía que procedía de la magia del anciano.

—¡No estoy haciendo nada! —Confesó impotente. Alzó su bastón e intentó lanzar magia curativa pero no funcionaba. El explorador estaba siendo consumido. —Es magia oscura Jhensen. ¡Apártate! No puedo hacer nada para salvarlo.

—¡No! ¡Por favor! ¡Ayudadme! —Gritaba. 

Nargol continuaba intentando protegerlo, pero todo era en vano. Finalmente toda la piel se volvió gris y los ojos se volvieron blancos, haciendo caer el cuerpo inerte del explorador al suelo junto con la silla. Jhensen no cesaba en su llanto por lo que estaba presenciando. El anciano, rápidamente, lo abrazó y apretó su cara contra su túnica para que no pudiera ver aquella escena.

—Poseía una maldición para que no revelará su propósito. Al parecer no estaba mintiendo. ¡Jhensen! —dijo mientras le daba la vuelta para mirarlo a los ojos. —No debemos permanecer aquí. Debemos ir más allá de Garjul, hacia el reino de Farandeer. Los súbditos de Farandeer no se adentrarían en una guerra si no fuera con garantías de éxito ya que saben que ante el rumor de un ataque se enfrentarían a la unión de los pueblos contra ellos. Si han obrado así es porque poseen un arma infalible y debemos averiguarlo.

—¿Qué clase de arma? —Preguntó intrigado el joven.

—Magia.