Y así fue la presentación

Algunas fotos de la presentación del sábado en la Casa del Libro de la Calle Velázquez de Sevilla. Gracias a todos por venir.

¡Llegó el día!

Y parece que el día ha llegado. ¡Mañana a la 13,00 horas en Casa del libro de la calle Velázquez en #Sevilla es la presentación de #LosmundosdeDalia #Lainstrucción!

Estáis todos invitados. Y tú, ¿de qué #energía estás imbuido?

#Fantasía #Juvenil #Novela

Ed. Tandaia

Aquello de lo que hablamos

–Hola Marcos. ¿Quieres compañía?

Aquel anciano estaba sentado en una silla de madera antigua. El hedor a soledad impregnaba el ambiente junto con el de la sopa que servirían inminentemente en la cena. Los manteles a cuadros ajados iban a juego con la atmósfera de añoranza que invadía el comedor. Algunos, los más agraciados, lograban cenar juntos en una mesa y gozar recíprocamente de una compañía cuasi obligada, pues no era elegida por nadie, pero que estaban dispuestos a aceptar. Las paredes blancas amarillentas y las losas del suelo anunciaban un lugar antiguo, tanto como sus invitados. Las monjas que regentaban el lugar, escasas hoy en día, intentaban servir las diferentes comidas con dulzura y amor empatizando con sus moradores, pues ellas también habían sido víctimas del tiempo y la gravedad. Su dedicación admirable y la compensación moral hacia aquellos “viejecitos”, como yo los llamaba en mi adolescencia, eran su motivación para seguir día tras día. Pero Marcos llamó especialmente mi atención, sobre todo al verlo allí sentado solo. Mientras ponía los cubiertos y las hermanas preparaban los carritos con los platos, algunos voluntarios decidíamos arrimar el hombro para aportar nuestro pequeño grano de arena ante el peso de la cruz que ellas tenían que soportar. Con humildad ponían todo a disposición de aquellas personas que no tenían a nadie más, salvo a ellas. Pero el suspiro de aquel señor sin pelo, con gafas y ojos verdes, despertó en mí un gran interés pues, en cierta manera, su energía me contagió. La orden era clara: <<ayudad en lo que podáis, pero si alguien desea compañía, es prioritario>>. Mi piel se erizó ante tal precepto. No podía afirmar que mi presencia y compañía fueran requeridas, pero decidí preguntar descaradamente. De esta manera podrían contestarme de la misma forma sin que la educación obligase a nada.

–Por favor, siéntate. –Acompañó sus palabras con un gesto de invitación a sentarme en la silla vacía que tenía justo en frente de la suya, al otro lado de aquella pequeña mesa calzada.

–Las hermanas me han dicho que te llamas Marcos.

–Así es, joven. Sin abreviaturas ni vacilaciones. –Sonrió.

–¿Tienes familia?

La pregunta fue de lo más atrevida pero no me importó. Nuestro tiempo allí se limitaba a la hora de la cena y algunos minutos más. Aquella persona transmitía una luz especial y algo me decía que debía estar allí. La familia, otra pregunta descarada e impertinente por mi parte.

–Por supuesto. Tengo un hijo. ¿Y tú?

–¿Dónde está su hijo? –Mi trato se tornó en cordial, pues la persona que estaba situada en frente de mí merecía tal respeto. De paso aproveché para evitar hablar de mí. No me molestaba en absoluto, pero consideraba que él tendría cosas mucho más interesantes que contar.

–Está lejos de aquí. –Suspiró mientras su mirada se perdía a su derecha, hacia el suelo.

–¿Cómo de lejos? ¿Trabajando? –Dos preguntas en una aun a riesgo de ser ignorado.

–Lo suficiente, joven. –Seguía sonriendo. –No puede venir a verme. –Su mirada, esta vez, se perdía hacia su izquierda.

Observé aquel extraño comportamiento aunque, a priori, no le di excesiva importancia. Cuando los años pesan tendemos a adquirir determinados vicios y manías. Fue entonces cuando comprendí que aquella sonrisa escondía algo.

–¿Qué puede contarme de su familia?

–Podría contarte muchas cosas, joven. Pero me temo que no debo hacerte perder el tiempo con mis historias. Haremos algo: dime qué quieres saber y yo intentaré no aburrirte desviándome de la conversación. Si lo hago, siéntete libre de interrumpirme.

Otro voluntario, más joven que yo, depositó un plato de sopa del carrito para Marcos. Los cubiertos, enrollados en una servilleta de papel, continuaban intactos.

–¿No va a comer mientras hablamos?

–Está caliente. Mientras podemos charlar. –Sonrió de nuevo.

–De acuerdo. Cuénteme lo que quiera sobre su familia. Aquello que más le guste contar o de lo que más le guste presumir. –Acompañé la frase con una mueca característica mía desplazando el labio hacia un lateral.

–Mi mujer falleció hace diez años. Mi hijo vive ocupado con su trabajo y su familia y viene a verme cuando puede. Sus obligaciones son grandes y la distancia que nos separa también, pero hablo a menudo con él.

Volvió a mirar hacia la derecha. Fue entonces cuando recordé un reciente artículo que desmentía la creencia popular de que una persona dice la verdad si mira hacia la izquierda, pues está recordando un suceso y, por el contrario, miente si lo hace hacia la derecha, pues construye algo no real en su mente. Pero aquel curioso gesto no me hizo pasar por alto mi propia valoración. No deseaba que pensara que no le hacía caso, de modo que continué mirándole a los ojos.

–¿Sus nombres?

–Mi mujer se llamaba María. Mi hijo, Pedro. Ella, una joya irreemplazable; él, un amor de persona con la belleza de su madre.

Noté cierto grado de tristeza al terminar aquella frase, así que supuse que recordar a su difunta esposa podría causarle dolor. Me centré en su hijo.

–Hábleme de su hijo. ¿De qué trabaja? ¿Tiene hijos?

–Es médico. Tiene dos hijas. Mis dos nietas fabulosas.

–¡Interesante! ¿Cómo son?

Aquella pregunta hizo que desviara nuevamente la mirada hacia su derecha.

–Muy guapas y lindas. –Me llamó la atención que no explicara ningún rasgo físico de ellas.

–Se le va a enfriar la sopa, Marcos. Siéntase libre de comer, por favor.

–Aún está caliente. –Volvió a centrar su mirada en mí.

–¿Dónde vive su hijo? –Reposé mis brazos sobre mi lado de la mesa. El frío del hule me irguió los vellos del brazo y su textura pegajosa me transmitió una sensación un tanto desagradable.

–En Portugal. –Miró hacia su derecha. No paraba de hacerlo y yo estaba empezando a ensimismarme con aquel extraño comportamiento.

–¿Y qué le cuenta?

–No mucho. Suele estar ocupado y aunque hablamos a menudo, suelen ser conversaciones muy cortas.

En ese instante pude comprobar que su nuez de Adán subía y bajaba. Volvió a evitar el contacto visual y comenzó a deshacer el rollo de servilleta que envolvía la cuchara y el cuchillo. Me mantuve silente durante unos instantes y decidí tener el tremendo atrevimiento de decirle algo que quizá le incomodase. Pero ser testigo de aquel sufrimiento me estaba empezando a ahogar como una soga al cuello.

–Hola Marcos. –Oculté mi sonrisa. –Mi nombre es Lorenzo. 

–Hola, hola. –Sonrió sin entender nada. –Creía que el <<viejo>> era yo.

–¿De qué le gustaría hablar esta noche? –Comenzó a entender mi ironía. Soltó la cuchara con el mango de plástico rojo sin llegar a mancharla del contenido de su plato. Me miró y me vio a mí, observándolo seriamente.

–Creo que no te entiendo, joven. 

–Algo me dijo que me sentara aquí. Su mirada pensativa, el nudo en su garganta… su soledad. No me he sentado para que pase el tiempo y usted me hable de aquello que le gustaría que fuera verdad. Le miro a los ojos y veo historias, veo sentimientos, años de hechos y experiencia. No me hable de lo que no ocurrió, sino de lo que le ocurre ahora.

–Entiendo. –Evitó nuevamente el contacto visual.

–Hola Marcos. Soy Lorenzo. ¿Desea compañía? –Insistí nuevamente.

–Sí, por favor.

–¿Cuánto hace que no ve a su hijo?

–Diez años, desde que mi mujer falleció. –Una lágrima asomaba por su mejilla.

–¿Cómo supo que tenía dos nietas?

–Cuando aún podía caminar libremente sin cansarme, lo observé en la distancia, paseando a sus hijas por el parque. Hace ya algún tiempo de aquello.

–¿Portugal?

–Calle Portugal, para ser más exactos. En el otro extremo de la ciudad. Donde yo vivía con mi mujer antes de cederle la casa a mi hijo para que pudiera formar una familia.–Dibujó una sonrisa irónica en sus labios acompañándola de un suspiro.

–¿Soledad? –Pregunté mientras extendía mi mano para agarrar la suya a modo de consuelo.

–Dolor. El recuerdo es mi única compañía. El deseo de saber es lo que me tortura cada noche. ¿Soledad? También, pero no es soledad física. Siento que me encuentro en un lugar lleno de gente y que por más que grito nadie me escucha. Siento que soy un fantasma, un donnadie abandonado a su suerte. Sufro en silencio la pérdida irrecuperable de mi mujer hace diez años y la de mi hijo hace más o menos el mismo tiempo. 

–Pero su hijo vive.

–¡Ay, joven! Hay una pérdida aún más dolorosa que la terrenal… la espiritual. La que alguien practica voluntariamente aun existiendo.

–¿Ha probado a llamarle? –Pronuncié aquella pregunta con extrema torpeza.

–Lo amo. Lo quiero con locura. Jamás me atreveré a causar en él una preocupación, por pequeña que esta sea, y generar el deber inexcusable de tener que venir a verme. Pues, aunque lo hiciera contra su voluntad, es cuando más solo me sentiría. Es lo que mi mujer habría hecho. Es mi pequeño homenaje a él y a ella. –Pude ver agua en sus ojos.

–Si lo desea podemos hablar de otra cosa. –Dije con cautela. No deseaba que pensara que no quería escuchar aquello.

Nuestra conversación fue interrumpida por una de las hermanas.

–¿Otra vez sin comer, Marcos? –Parecía preocupada.

–No tengo hambre. –Cambió su tono de voz acompañado de una sonrisa artificial. –Además voy a retirarme, si a Lorenzo no le molesta. Estoy algo cansado. –Sentenció. –Debo reconocer que ha sido una conversación intensa. Corta, pero intensa. Aunque no lo parezca, joven, me ha gustado muchísimo conversar contigo.

La hermana se marchó al ver que mi acompañante se levantaba de su silla.

–¿De veras? –Pregunté con sinceridad para intentar arrancar más palabras de sus labios. 

–Sí. Hoy dormiré como nunca. Más tranquilo, sereno y con una sonrisa en mis labios.

–¿En serio? ¿Por qué? –Sin duda había conseguido dejarme perplejo.

–Gracias. –Se encorvó ligeramente para agarrarme ambas manos. –Porque aunque sea por un instante, he sentido que alguien deseaba conversar conmigo, quería saber de mí y conocerme más allá de las palabras banales y educadas. Hoy dormiré plácidamente gracias a ti. 

–Hay mucho de qué hablar Marcos. Se ha guardado lo mejor para mañana. –Mis palabras fueron sinceras.

–¿El qué? –Mi comentario le sorprendió.

–Su historia.

Jamás olvidaré aquella mirada; una mezcla de cariño y compasión. No dijo nada, tan solo esbozó una sonrisa y se marchó. Estaba deseando que llegara el momento de la cena al día siguiente para acudir a aquel convento como voluntario y así volver a hablar con él. Deseaba saber de su experiencia, de su sabiduría, su historia… su esencia.

Llegó la noche. Con frío en el cuerpo, cuyo origen no lograba determinar si era por el nerviosismo o la temperatura, me dispuse a intentar memorizar la batería de preguntas que tenía para él. Pero al llegar comprendí la magnitud de sus palabras y comencé a recordarlas una a una acompañadas de las miradas y los gestos. <<Hoy dormiré como nunca. Más tranquilo, sereno y con una sonrisa en los labios>>. Marcos, aquel señor solo, que suspiraba con la única compañía de sus recuerdos, cuya experiencia y esencia habían sido ignoradas por el resto de la humidad, cuya sabiduría quedaría enterrada en lo más hondo del recuerdo humano y cuya realidad sería ocultada al mundo, había fallecido.

No necesitaba nada más para abandonar este mundo. Tan solo un motivo, por ínfimo que fuera, para ser recordado. Necesitaba alguien que lo mantuviera en su memoria antes de marcharse. Y ese alguien era yo. Cumplió su misión de la manera más diligente y sigilosa posible, pues jamás podría olvidar a alguien que con tanta intensidad me marcaría para siempre con escasos minutos de conversación.

Su esencia hizo el resto.

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Microrrelato #9

La acompañó en su muerte. Seguir viviendo no entraba dentro de sus planes, pero no tenía valor para quitarse la vida. Seguir adelante era insoslayable. El cáncer se llevó a su hija y viviría sin vida el resto de sus días. Aunque, por dentro, él murió con ella.